viernes, 20 de noviembre de 2015

Quién conoce el provenir


E. del Río en la Red



En la calle Rosales había una peluquería de señoras con los secadores pegados a la pared y las clientas con la cabeza llena de rulos y una redecilla para cubrirlos. Las aceras tenían chicles pegados, negros por el tiempo y la suciedad. Había que cruzar cinco más para llegar al Instituto Central. En la parada del autobús de línea, un montón de jóvenes se arremolinaban a diario para entrar rápidamente por la gran puerta del Liceo. Parecía un Gargantua que almorzara muchachos y muchachas con sus libros bajo el brazo.

Las mañanas de otoño, las aceras se cubrían de hojas amarillas caídas de los viejos árboles que habían dado sombra en el verano. A las ocho de la mañana la niebla cubría los montes que rodeaban la ciudad y todo eran prisas, tanto para los coches como para las personas. En la esquina de la Alameda de Las Marismas, por esas fechas, se colocaba la caseta de la castañera. Era como una seta que brotaba misteriosamente año tras año, entre la Alameda y la calle Pérez Galdós. Los estudiantes, llegado ese momento, guardaban parte de su paga de fin de semana para comprarle un cucurucho de castañas calientes a Ramona La Castañera, una especie de institución. Sus castañas eran gordas, marrones y brillantes. Ella era paciente y generosa. No escatimaba dar alguna de propina al cliente y siempre tenía una sonrisa en la boca.

A última hora de la tarde, cuando las luces hacía tiempo que se habían encendido, Ramona hacía el recuento de sus ingresos, metía las castañas sobrantes en un saco y cerraba el puesto desapareciendo como por arte de magia.

Aquel otoño abrió su negocio un poco más tarde que otras veces. Decían que se había casado, que estaba loca por hacer semejante cosa a su edad y sobre todo porque su esposo era bastante más joven que ella y que había perdido la cabeza completamente. Por entonces, como ahora, a la gente le gustaba murmurar. Lo cierto es que la castañera estaba muy cambiada. Ya no miraba a los ojos a la gente, contaba una a una sus castañas y cobraba con mano temblorosa. A mediodía aparecía por la zona su hombre, se acercaba con disimulo, alargaba la mano y Rosario depositaba en ella la ganancia de la mañana.



Los muchachos y vecinos de la zona esperaron ver aparecer la casetita de la castañera una vez más, al año siguiente. Pero a primeros de diciembre no acababa de llegar. Aquella esquina, la suya, parecía desnuda sin el tejadillo, negro de humo de mil fuegos. Faltaba también aquel bidón que hacía las veces de asador y el aroma inconfundible a castañas asadas que se extendía por todo el entorno y era como un imán que impelía a comprar una docena.

Pronto corrió la voz: Ramona había muerto, la había matado aquel hombre que decían era su marido. Eso había pasado en el verano, cuando la castañera vendía patatas fritas por la playa y él le pedía el dinero y la golpeaba si había vendido pocas, o si la encontrada descansando en la sombra, cuando el sol apretaba. Uno de aquellos golpes la lanzó al suelo y se pegó en la cabeza.

 Decían que estaba muy enamorada. También que aquello había sido una locura, que se veía venir. Todo el mundo había visto lo que iba a suceder, pero nadie lo que estaba sucediendo.