lunes, 30 de julio de 2018

Emoción inconsciente











...De noche te alisabas el cabello
y yo me dormía pensando en él ...



La habitación estaba en sombras, el suelo cubierto por los tatamis, aquel aroma a pachulí mezclado con matices florales y de fondo la música suave y misteriosa acompañando la voz del hombre que dirigía la sesión. Tumbados en la alfombra debían dejarse llevar por el ambiente sereno y espiritual, el cuerpo relajado, la respiración profunda, imaginando espacios de gran belleza y tranquilidad, los ojos cerrados tratando de dejar la mente en blanco, sin pensar... sin pensar en nada, sin recordar... solo pendientes de las piernas que se relajan, de los brazos que pesan, tratando de distender la boca, de no apretar los párpados.

Dejaros llevar, decía el maestro, si algún pensamiento os asalta, alejadlo de vuestras mentes, pasad a un estado de relajación más y más profundo, donde todo está bien y nada os puede hacer daño. Si abrierais los ojos (no lo hagáis) podríais ver todas vuestras preocupaciones saliendo de vuestros cuerpos para alejarse y no volver.

Le pesaba el cuerpo, este permanecía pegado al suelo como si hubiera echado raíces, raíces profundas que no le permitían despegar. Había pensando en un lugar idílico, con árboles frondosos a través de cuyas ramas se filtraban rayos de sol, que se sumergían en las limpias aguas de un pequeño lago. Había tratado su cuerpo con mimo buscando un momento de paz, por lo menos un momento. Pero no conseguía dominar su mente, siempre había sido así. Ver las cosas tan claras no era un regalo, todo lo contrario y seguramente ese era su problema.



jueves, 26 de julio de 2018

Fuente de mi niñez












Las calles del barrio estaban llenas de vida en aquel tiempo, algunas señoras sacaban las sillas de enea y sentadas a la fresca zurcían, hacían punto o simplemente charlaban de sus cosas con las vecinas. Toda aquella zona había crecido de manera vertiginosa en poco tiempo, las viviendas eran humildes, algunas de protección oficial y siguiendo calle arriba, incluso empezaban a verse pequeñas casuchas hechas rápidamente, otras con los cimientos y el techo echado y sobre él un arbolillo que se mecía con la brisa. Decían que si la casa tenía techo y cimientos ya no podía tirarla abajo la autoridad. Aún más arriba, trepando por las laderas del monte, chabolas de todas clases había brotado como hongos en el bosque. Todo aquello era el precio de la industrialización. Aún había vacas u ovejas pastando por las campas, pero cada vez menos. Ahora había más asnos. También mujeres tendiendo la colada detrás de sus casas y el humo brotando por las chimeneas, lo que dejaba en el aire aromas a madera, carbón y comida.

Aquel era el camino más común para subir a cualquiera de los montes que rodean la ciudad y todos los montañeros lo seguían para llegar a Arraiz, quizá a Pagasarri y los más aguerridos hasta Ganekogorta. A mitad de camino había un hermoso caserío, convertido en txakolí en el que se hacía una parada. Pero la primera de todas era la de la fuente de Iturrigorri. Se trataba de un caño hecho con una teja de la que manaba el agua que bajaba del monte. Agua ferruginosa que dejaba todo marrón y que sabía a metal. Nadie pasaba de largo por allí y aunque luego te diera dolor de tripa, beberla era una obligación. Atravesando por la fábrica de gaseosas Iturrigorri, aquella de las preciosas botellas de cristal esmerilado con bonitos dibujos que, si tenías la suerte de tener una, la llevabas de cantimplora para el camino o al colegio con el café con leche del desayuno cuando ibas a misa y a comulgar, porque solo podrías tomártelo después del gran momento, ya que no se podía comer ni beber nada desde las 12 de la noche precedente.

Si la excursión era a Arraiz se tiraba a la derecha, no era demasiado alto y se llegaba pronto. Arriba Agustina la del refugio, te preparaba unos huevos fritos de primera, recién cogidos del nido, aún calientes, y unos filetes de lomo adobado del txarri de la matanza del año.  Y aquellos vasos de leche recién ordeñada y hervida en el caldero al fuego bajo. Los expertos subían a Pagasarri, 700 m. de altura hechos en un recorrido exigente pues el desnivel sube rápido. Arriba la cruz de hierro, la que mira a la ciudad y vigila a las zorginak y gauekok para que no lleguen a sus calles de noche y se lleven a los jóvenes que trasnochan. Después, en el refugio un bocadillo de tortilla o filete albardado y una naranja para calmar la sed del camino. Los muy esforzados suben hacia Ganeko 1000 m. a perderse en los bosques solitarios y disfrutar de la paz de la naturaleza.

Era una tradición y lo sigue siendo: el primer día del año, hayas bebido, comido, trasnochado... los montañeros suben a Pagasarri y brindan juntos por el año nuevo.

La fuente de Iturrigorri está así ahora. Nada que ver con lo hermosa que era, pero todavía se conserva y aún mana de ella agua ferruginosa. 









domingo, 22 de julio de 2018

Cartas












Las venas azules recorrían sus manos como afluentes de un río, se retorcían y bifurcaban y se descomponían en otros menores y finalmente desaparecían entre los dedos. El aire removía las hojas secas dispersas por el suelo. Sentado en el banco miraba sin ver nada, a pesar de la soledad en la que vivía no lograba sentirse solo, al contrario; en casa sentado ante la televisión o en el rincón del sótano donde trabajaba, siempre había alguien hablándole en su cabeza o escuchando lo que él tenía que decirle; a veces utilizaba el idioma de su madre, el que ella empleaba para cantarle canciones para hacerle dormir o para reñirle levantando mucho la voz cuando estaba enfadada. Era extraño porque ya apenas recordaba las palabras y sin embargo podía oírlas claramente y entendía lo que significaban. 

Al anochecer, cuando volvía a casa entraba en la ducha y dejaba que el agua resbalara despacio por su cuerpo, en aquellos momentos se rendía al deseo acuciante de aquella sensación placentera, luego cuando aún estaba mojado y las gotas descendían desde su pelo hasta desaparecer por las comisuras de sus labios, se miraba al espejo y este le devolvía la imagen de un hombre maduro y rechoncho. De vez en cuando se daba permiso para odiarse, eso sucedía cuando miraba hacia atrás y veía sombras en su pasado, entonces resbalaba por las paredes de aquel pozo negro y caía, caía sin llegar nunca al fondo. En esas ocasiones podía sentirse muy solo, tanto que oía el ruido de sus pasos o el siseo de su respiración. Sucedía pocas veces, las más podía vivir rodeado o no de gente sin que nada cambiara. Algunos le llamaban el solitario, solo él sabía que no lo era.

 Kilian apareció en su vida de la manera más inesperada, estaba acodado en la barra del Bernardinos, nunca le había visto antes; tomaron su primera cerveza juntos y pronto se dieron cuenta de que podían hablar de cualquier cosa y eso resultaba muy agradable, así que una tarde le invitó a su casa. Kilian sabía escuchar, miraba con ojos soñadores para hacerlo y sonreía suavemente, de vez en cuando asentía o negaba con la cabeza y cuando hablaba su voz era firme y sus palabras sinceras. Pasados unos dos meses le pidió que se quedara a vivir con él ya que tenía espacio suficiente. Los meses que estuvo en la casa fueron los más felices de su vida. Paseaban por la ciudad, se sentaban en algún banco en mitad de la calle y comentaban los últimos acontecimientos del día. A veces entraban en Bernardinos y pedían el plato del día para comer, otras entraban en el mercado, compraban verduras, frutas y un delicioso pan blanco que a Kilian le encantaba, preparaban la comida en casa y después se echaban la siesta.


Al anochecer jugaban largas partidas de ajedrez o de cartas. En esas ocasiones solían pelearse porque a él le gustaba hacerle trampas para ganarle y reírse cuando le veía tan enojado. Así se dio cuenta de que Kilian debía ser terrible cuando estuviera de verdad molesto. También supo que, sin saber cómo, se había adueñado de su corazón y ya no podía vivir sin él, por eso cuando Kilian le notificó que debía marcharse, algo atravesó su garganta haciéndole perder el aliento. Lo que le había traído a la ciudad había finalizado y ahora debía regresar a su país y a su vida con su familia. Creía estar preparado, habían hablado de este momento algunas veces pero nunca pensó que a su corazón llegara a dolerle de aquella manera.

El sol se ponía tras los sucios edificios haciendo que brillaran como las joyas falsas cuando las enfoca una lámpara en la semioscuridad. Pensó que por sus venas corría sangre roja a pesar de que bajo la piel pareciera azul. Subió el cuello de la chaqueta, estaba refrescando, se acercaba el otoño y ahora oscurecía pronto. Sacó el papel del bolsillo y volvió a leerlo. El mensaje era corto, Kilian no vendría tampoco este año. Quizá pudiera hacerlo después del invierno. Con aquella letra redonda y trabajada le aseguraba que tenía muchas ganas de verle pero le resultaba imposible. Hacía dos meses que no había recibido ninguna noticia suya, él por el contrario le escribía largas cartas a diario contándole los pormenores del día a día. A veces le ganaba el desánimo, pero no podía dejar de hacerlo. Cada palabra que ponía sobre el papel se había recreado primero en su corazón y luego en su cabeza, era la manera de decir a su amigo que seguía echándole en falta y que mientras siguieran escribiéndose él nunca se sentiría solo.

Se levantó del banco en el que tantas veces se sentaron juntos y se dirigió a casa. Agarraba con fuerza el papel arrugado dentro del bolsillo. 

En el tercer piso de la casa de enfrente una mujer miraba a la calle a través del cristal del ventanal. Hacía días que aquel hombre que parecía tan triste y solía sentarse en el banco aunque hiciera frío, no había vuelto. A lo mejor se había puesto enfermo o quizá hubiera salido de viaje.




sábado, 14 de julio de 2018

¿Lo suyo es cantar?



















Por qué cantan los pájaros, todos a la vez, como una gran coral emplumada. ¿Quién los dirige? Hay algo, sin duda, que los empuja cada mañana y cada atardecer a reunirse y cantar alocadamente. ¿Se hablan entre sí, se manifiestan contra el pájaro mandón, se declaran amor eterno?

Las hojas de los árboles se agitan y la calle se llena de aves afanosas buscando su sustento. Pero ¿Por qué cantan los pájaros? ¿Es lo suyo, es inevitable, no pueden remediarlo? ¿Hemos aprendido algo desde la última vez que hablamos de esto? ¿Lloran los pájaros enjaulados cuando cantan?





viernes, 6 de julio de 2018

Cirugía práctica

















Esa mañana, al levantarse, se miró en el espejo y trazó una línea equidistante entre lo que deseaba y lo que tenía. La contempló durante mucho tiempo y sin darse cuenta fue abriendo su pecho porque algo allí dentro no le dejaba respirar. Aunque le dolía mucho la herida, de aquel hueco oscuro brotaron cientos de pequeñas flores que llenaron el aire de un delicioso aroma. Siguió mirándose un rato más, asombrada por el bienestar que sentía. Cuando vio a las mariposas revoloteando a su alrededor no supo si salían de su corazón o era de su cabeza. Pero eso tampoco tenía ya demasiada importancia.








6 julio 2018 -Imagen autor desconocido -Texto de © Rosa G. Panera

jueves, 5 de julio de 2018

La dama en un libro







 Imagen de Dominique Demers  








De ocho a diez vivía la realidad y de diez a ... de adentraba en esa otra realidad que se encuentra en los libros, esa a la que seguramente nunca habría llegado si no fuera por las palabras de alguien que la imaginó o que tal vez sí la había vivido. De vez en cuando una y otra se entremezclaban y daban paso al entendimiento del por qué, para qué, del conjuro de la felicidad, del dolor y la gloria del amor. Pero eso sucedía solo muy de vez en cuando y luego se le olvidaba.






viernes, 29 de junio de 2018

Noche de San Juanada






 Sentada en el banco de piedra, bien alejada del fuego, el humo y el griterío de los jóvenes, que saltaban al rededor de la hoguera, en la noche de San Juan, miraba encantada desde el mismo lugar donde se sentaba mi madre no hacía tanto tiempo.


El día veintitrés era el primero de las vacaciones de los niños, salíamos de la ciudad cargados de todo lo que íbamos a necesitar para todo el verano y de la ilusión por volver a la casa del pueblo, una vez más. Dejábamos los trastos en el piso y salíamos corriendo a la playa, donde, como siempre, esperaba la montaña de cosas viejas que se iban a quemar en la noche mágica. El aire solía ser cálido y el agua del mar enrojecía por la puesta del sol y el reflejo de las llamas.
Nosotros mirábamos a los jóvenes que atizaban el fuego y a los niños que gritaban emocionados, preocupados por si se hacían daño. Costaba arrastrarlos a casa cuando ya solo quedaban los rescoldos y la arena de la playa había cambiado su dulce tono dorado por uno gris y el aire olía a humo y fuego. Finalmente los niños dormían cansados de las emociones del largo día y quedaban al cuidado de la abuela mientras nosotros salíamos, esta vez solos, a encontrarnos con los amigos para darnos el primer baño del verano. El agua tenía aún esos destellos rojizos casi apagados. Muchos se bañaban entre risas y grititos. Los jóvenes aprovechaban para conocerse un poco mejor, siempre como si fuera casual y los que éramos ya padres de familia olvidábamos que lo éramos por un día.





Cuando los niños crecieron bajábamos a la playa las noches que había concierto de rock en ella, por vigilar que todo fuera bien y de paso para cantar y bailar detrás, donde no nos vieran los hijos porque podrían sentirse avergonzados (todos hemos tenido su edad, algún día) y no se sintieran vigilados más de la cuenta. Éramos adultos, pero también jóvenes y alegres. Eran tiempos fantásticos porque, en general y aunque también pasaran cosas, el ambiente era fabuloso.

Pensaba en esto ayer viendo el fuego arder y las sombras de los críos saltando los rescoldos. El aire volvía a oler a humo y a madera, pensé que todos llegarían a casa con la ropa oliendo a 'gitano' No estaba triste, ni nostálgica. Me dije que he tenido mucha suerte porque miro hacia atrás y recuerdo muchas cosas estupendas que he vivido. También las hubo menos buenas e incluso hasta malas. No sé por qué estas las recuerdo menos, quizá porque he aprendido a ser positiva.

Algunos años después, cuando mis hijos ya eran mayores, bajamos un par de veces a dar un paseo a media noche por la playa. Luego no volvimos más. Vimos los corros de chicas y chicos riendo y dando sorbos de las litronas, olimos la hierba y a algunos que se conocían ya muy bien. Se me saltaron las lágrimas, sin remedio. Me dijo quien me acompañaba que se les pasaría pronto, aún eran unos inmaduros. Luego nos preguntamos si alguno de nuestros hijos habría pasado por eso también. Un día de esos de confidencias se lo preguntaré...







Conversación en la tercera frase











22/6/2018


— Deja de abrir la boca mujer, que todavía no ha venido. En cuanto llegue seguro que se acerca a vernos y nos dará de comer.
— Es que tengo hambre, qué quieres que te haga y cada día trabaja más y llega más tarde. ¿No te has dado cuenta?
— Pues claro que sí, pero a ver dónde hubieras encontrado tú una persona como ella, lo más parecido a una madre... o a una amante. Con esa voz suave que parece que canta, siempre riendo. No puedo cuando se acerca y me rasca con uno de sus dedos... es que te juro que me gustaría ser humano por lo menos media hora.
— Y ese plumero negro que nos ha traído ahora ¿te parece lógico? Es que no se cansa de adoptar a toda clase de bichos y, claro así es como anda siempre como una loca corriendo para aquí y para allá. Ahora cría gusanos, no me digas que eso es normal. Para ese criajo que se habrá caído del nido por metete y tenemos que cuidarle...
— Tú no, ella. Así que calla ya y no protestes tanto. Yo estoy feliz en este estanque en medio de este jardín que se ha vuelto loco al llegar la primavera, miro al cielo que por cierto últimamente casi siempre está gris. Que conste que a mí no me importa nada, porque si llueve yo ya estoy mojado. Cuando llega ella aparece el sol y se iluminan hasta los nubarrones, no me canso de mirarla, es hermosa porque su hermosura brota de su interior...
— ¡Calla, anda! que hablas como un enamorado y ya me dirás que futuro tienes, se te caerán todas las escamas y solo conseguirás unas cosquillas en el lomo que te las erizarán, con lo que eso duele. Y además no todo es dulzura y sonrisitas en ella... recuerda cuando se enfada, es como una tormenta y a veces se pone a cuidar flores y plantas y se olvida de nosotros hasta que termina. Hoy, por ejemplo. Mientras hablamos y hablamos ha llegado y se ha ido directamente a dar de comer a ese muerto de hambre con plumas, que acaba de llegar y ya se ha apoderado de ella.
— ¿Vas a seguir con esa cantinela? ¿Estás celosa? Creo que te vendría bien un novio a ver si un poco de amor te suaviza el carácter.
— Bueno...
— ¿Sí? ¿Te hace? Pues vamos ahí al fondo donde el agua está oscura entre las sombras, que te voy a enseñar yo todas las estrellas de mar en pleno estanque de agua dulce.

Para ti... Marije Ainz