sábado, 9 de febrero de 2019

Oh Mummy



(Redes Sociales)







Por mi experiencia sé que, cuando algo me entristece o me preocupa, cuando estoy con gripe o convaleciente de algo un poco más grave y en otras situaciones en las que necesito distraerme, las Redes Sociales, navegar por la Red, me proporciona entretenimiento y relajación, además de conocimiento de cosas que solo a través de este milagro puedo alcanzar.

La primera vez que me acerqué a un ordenador fue para jugar al Oh Mummy, lo hice de la mano de mi hijo pequeño, que era un forofo del asunto. Luego pensé que ese aparato era interesante para los ratos de ocio y me dediqué a darle vueltas a ver si aprendía a manejarlo. Había mucho que investigar allí; me apunté a un curso de lo más básico para no andar tan perdida y comencé mi aventura por las Redes Sociales.

Parece sencillo pero no lo es, conocer gente que sintonice contigo y entrar en un grupo donde se hable y discuta de lo que te interesa, educadamente, no es fácil, no. Pasé de una página a otra, algunos chats que pronto me descubrieron que hay muchos que no saben estar. Busqué páginas de personas de mi edad y en una encontré un grupito que se interesaba por los temas que me gustaban a mí: la música, la pintura, los libros, no soy una experta en estas cosas, pero me gusta conocer otras opiniones y aprender. Fue divertido comprobar que podía atraer la atención de algunos usuarios que me confirmaron lo que muchos dicen: Internet es el reino del ligoteo y del engaño. Una tarde tuvieron que llevarme al hospital con una parada cardiaca y cuando volví a casa yo ya era otra persona y mi vida había cambiado de activa y variada a rutinaria y sedentaria.

Durante bastante tiempo pasé mis días tranquilamente sentada, así que utilicé las Redes Sociales como si fueran el parque cercano, donde me encontraba con gente conocida, o podía escuchar buena música, comentar libros, escribir pequeños relatos de aficionada.  

No podía comprender como todos a mí alrededor se sorprendían de mi afición a este entretenimiento, traté de explicarlo pero pronto dejé de hacerlo y me dediqué a lo que me gustaba
.
Tenemos un grupo cerrado, somos pocos porque es más sencillo organizarlo, nadie manda, se habla de todo, a veces se discute de algo, pero siempre con respeto. Y no hace demasiado nos reunimos en mi ciudad y nos conocimos personalmente. Todos éramos tal y como habíamos dicho, no hubo sorpresas,aunque eso ya lo sabíamos. 




martes, 5 de febrero de 2019

Buscando a Van Gogh




















Acababan de despedirme, mi jefe no me dijo: estás despedida, no. Utilizó un ramillete de floridas palabras, pero el caso fue que me puso en la calle. No me pilló de sorpresa, en aquella empresa no había fundamento. Pasé algunos días compadeciéndome a mí misma y después empecé a contestar a las llamadas de los amigos. Cuando dije que quizá me fuera a hacer un viajecito, Berto volvió una vez más a ofrecerse para acompañarme: ya sabes, tú allí y yo aquí, solo turismo. Le miré divertida porque para entonces yo ya había decidido que mi vida iba a cambiar, así que hicimos planes y nos fuimos a Holanda. 

Holanda es, o a mí me lo parece, muy semejante a como la hemos visto en las películas o en algunos cuadros; lo de los cuadros era la meta final que me llevaba allí. No estaba muy segura de que Berto tuviera el mismo entusiasmo que yo por la pintura, solía seguirme la corriente en las conversaciones, pero me parece que era más por complacerme que por otra cosa. Así que para empezar, nos dedicamos a dar vueltas por la ciudad. Tomábamos el tranvía para acercarnos al centro desde el hotel y cruzábamos pequeños puentes sobre canales de aguas oscuras. En otros de más calado, vimos barcazas convertidas en viviendas, con pequeños jardines hechos con macetas de geranios y con ropa tendida semioculta. Por la noche cenábamos comida basura paseando por las calles atestadas de viajeros; muchos jóvenes se reunían en la plaza Dam y sentados en el suelo bebían cerveza y fumaban porros entre risas. Al amanecer de una de esas noches demasiado ruidosa, apareció la policía con cañones de agua y desalojaron la plaza de inmediato. Comimos en un restaurante, en una de aquellas barcazas, pescado crudo y mejillones minúsculos y exquisitos.  Por la noche paseamos por el barrio Rojo, lleno de turistas; nos reímos e hicimos bromas delante del escaparte de un sex shop y ligué o creí ligar con un hombre negro macizo, hermoso como una estatua. 


Se nos acababa el tiempo y teníamos que volver a casa. Tomando unos cafés hicimos planes para el último día. Berto propuso ir a Volendam, pueblo precioso que está muy cerca de la ciudad y bien comunicado. O quizá preferiría ir a Giethoom: dicen que es la Venecia holandesa. Yo a dónde quería ir era al Museo, bueno a dos, pero especialmente a uno. Me miró con algo de decepción en la cara, le dije que yo tenía que ir, que en realidad ese había sido el motivo de mi viaje, que no me importaba ir sola y él podía hacer turismo. Al final decidió venir conmigo. Primero vimos Rembrandt, espectacular, maravilloso, pintó su autorretrato cuando aún era joven y sin experiencia, la mejilla derecha bañada por la luz, el resto del rostro en sombras. Mi sueño era ir al delicioso museo Van Gogh y pasar allí el tiempo contemplando las obras de mi pintor favorito. Me hubiera quedado a vivir allí, contemplé cada cuadro pensando emocionada que las manos de aquel hombre extraño habían acariciado aquellas telas y que sus ojos claros y todo su talento se habían fundido en los colores y los dibujos tal como él los veía. Aquellos cuadros, que había contemplado en imágenes tantas veces, estaban allí. Van Gogh admiraba la naturaleza. Campo de trigo con perdiz, 1887 fue el primer cuadro de una serie que pintó cuando dejó los Países Bajos para ir a Paris. Su paleta cambió de manera radical cuando vio los nuevos colores de los jóvenes impresionistas. Durante su estancia en la capital francesa pintó nuevos motivos, tales como interiores de cafés e imágenes de las calles, pero nunca renunció a su amor por los paisajes rurales. Se desconoce cuál es el lugar donde pintó este Campo de trigo con perdiz.  
   
Los colores delicados, la hierba doblegándose dulcemente a causa de la brisa, el pájaro volando libre contemplándolo todo desde lo alto. 





domingo, 3 de febrero de 2019

Realidad





Dragan Todorovic






Los párpados me pesan, no quiero abrir los ojos y permanezco quieta, envuelta en el calor de las sábanas. Recuerdo que ha pasado algo y aparto el pensamiento sin entrar en él. Por mi garganta sube una amarga certeza desde mi corazón; no quiero pensar porque sé que si lo hago tendré que asumir la realidad y eso duele profundamente.

La casa está en silencio, levanto las persianas para ver si entra el sol. Está lloviendo, un día más gris y desolado. Tú, me mira con esa dulzura del animal triste que es ahora, pero aún así mueve su cola en señal de reconocimiento y cariño. 

Voy a ponerme un café y a comenzar el día, tengo cosas que hacer o quiero tener cosas que hacer para ocupar el vacío que llena mi tiempo, todo este tiempo que ya parece no tener razón de ser. El pasillo está oscuro, pero lo conozco bien y no necesito luz para recorrerlo. Es entonces cuando le veo entrar en el baño que está entre las dos habitaciones, solo su espalda y la parte baja de una de sus piernas, pero sé que es él, claro ¿quién podría ser si no?

Respiro aliviada: solo ha sido un mal sueño. Ya decía yo que es imposible que él esté muerto.






lunes, 14 de enero de 2019

Reunión y barbacoa











       


La niña sonreía de oreja a oreja de modo que entre los labios podían verse sus diminutos dientes, alzaba los brazos moviéndolos como molinos; miró a Pedro fijamente, parecía que estuvieran solos en medio del jardín. Dio dos volteretas en el aire con esa gracia alada de las bailarinas de ballet y quedó frente a él.

—Es el Lago de los cisnes —le dijo en voz baja y salió corriendo entrando en la casa.
Alguien cambió la música y otro sirvió más bebidas. Con caras sonrientes los que tenían hijos contaron lo graciosos que eran, sus buenas notas o que habían dejado las clases de kárate para empezar con unas de acordeón, y después todos volvieron a conversar de sus cosas olvidándose de la pequeña. Fue entonces cuando alguien preguntó si Magdalena vendría a la reunión e Inés, que ese día era la anfitriona, aclaró que no lo haría porque, según le había dicho, después de separarse de Loren aquellos saraos le resultaban insoportables.
Toda la tarde había soplado una agradable brisa, los hombres charlaban bajo las sombrillas junto a la barbacoa y ellas habían preparado la mesa en el porche. Mercé se levantó y entró en la casa, dos minutos después Raimon hizo lo mismo, alegando que necesitaba un sacacorchos. Iñaki e Inés intercambiaron una mirada. 

— ¡Qué valor tienen! con Teresa y Raúl delante. 

Tardaban en regresar pero en el aire se sentía aún su presencia. Siempre queda algo de nosotros detrás, quizá para reencontrarlo al volver. Teresa estaba nerviosa aunque trataba de disimular, sentía impotencia y rabia porque era ella la que se avergonzaba por la situación. En realidad ¿quería saber la verdad o prefería ignorarla? 

 En la biblioteca Raimon y Mercé se besaban con urgencia. Lo que les sucedía había sido algo inevitable. Aquellas reuniones acababan como la consulta de un psicólogo, hablaban de cosas personales y a veces alguien quería ser el terapeuta de alguien.
Días antes Mercé no quiso negarle lo que pasaba cuando habló con Inés:
—Mi marido aún no sabe nada y creo que Teresa tampoco. Lo hemos pensado mucho te lo aseguro, es duro tomar una decisión así, sobre todo lo siento mucho por Raúl. Aún estoy sorprendida de que haya sucedido, pero ha sido como recuperar de nuevo la alegría de vivir, ¿recuerdas los nervios cuando tenías una cita? Suena todo poco maduro, pero no nos importa. Estamos enamorados.

 Mercé dijo al volver que los niños estaban jugando en la parte de atrás. Minutos después apareció Raimon que, por cierto se había olvidado el sacacorchos. Detrás de ellos, dando saltos de alegría salió la niña, con su tutú blanco y dijo alzando la voz:
—Mamá, mamá... Mercé y Raimon se quieren mucho
— ¿Qué dices cariño?
— Pues eso, que se estaban besando en la biblioteca.



viernes, 16 de noviembre de 2018

Misterio y murmuraciones






De la Red







El caserío Zarkoaga estaba situado en las faldas del monte Zibiribil, lo construyó Peio Gangoa para pasar la época del frío y vigilar su ganado. Poco a poco la casa fue creciendo. A medida que Jesusa le iba dando hijos, Peio agregaba una nueva habitación y así se convirtió en la hermosa casa que era ahora. Los hijos emigraron a las Américas buscando emanciparse del hermano mayor y no volvieron a la tierra hasta muchos años después. De mientras Peio hijo se había convertido en un ser extraño, alejado de la gente del pueblo, solitario y a menudo taciturno. Ni siquiera Miren, su mujer, consiguió mejorar su carácter, pero ella encontró, a fuerza de cariño y buena voluntad la manera de entenderle y fueron tan felices como se podía esperar.  

En las aldeas, por aquel tiempo, aún se creía en sortilegios, magia y no digo brujería aunque puede que también. La gente veía espíritus en cualquier sombra que se cruzara con ellos entre los pinos de los bosques o cerca de la rivera del río. Adjudicaban algún misterio insondable a los sonidos de los animales en la época de celo y auspiciaban cualquier revés en las cosechas o enfermedad en el ganado si el viento soplaba fuerte y el cielo ennegrecía a causa de nubes de tormenta.

Fue en Otoño cuando, por primera vez Jokin el de la Begoña encontró en el río un reguero de sangre y siguiéndolo, unas vísceras machacadas cubiertas por hojas de higuera. Algún animal había matado a otro, quizá un lobo, incluso un oso o un jabalí habría cazado una liebre y había elegido aquel lugar para comerla tranquilamente y beber luego un poco de agua. No fue la única vez, sucedió varias más a partir de aquella primera y para entonces por el pueblo circulaban diversas versiones sobre el asunto y variadas conjeturas sobre la causa del suceso. Nadie sabe quién fue el primero que insinuó que tal vez en Zarkoaga estaban sucediendo cosas raras, teniendo en cuenta que Peio era un hombre huraño y solitario; cualquier cosa sería creíble tratándose de él. Una mujer susurró al oído de otra que podría tratarse de fetos de niños muertos en el parto o de abortos provocados y la voz de la cotilla sonaba horrorizada. 

Así empezaron las cosas y fueron aumentando y cada nuevo comentario era la base para seguir imaginando cosas cada vez más terribles y después de un año todos los vecinos estaban seguros de que allí arriba estaban sucediendo cosas horribles y que pronto comenzarían a pasar en el mismo pueblo.

Aquella primavera aparecieron restos ya descompuestos, por los que se movían gusanos blancos subiendo y bajando de un lado a otro sobre los huesos blanquecinos de un cadáver.  Se reunió la asamblea en la plaza, todos hablaban a la vez, todos querían que alguien hiciera algo. El que hacía las veces de autoridad insinuó acudir a la ciudad más próxima y pedir ayuda a los guardias, lavándose las manos del asunto. La reunión duró todo el día y parte de la noche, algunos vecinos se fueron a sus casas al ver que no conseguían ponerse de acuerdo sobre qué hacer y sobre todo porque algunos estaban subiendo el tono de sus planes para solucionarlo y estos no les acababan de gustar.

Aún no amanecía cuando en el pueblo pudo verse el cielo enrojecido y escucharse un ruido sordo que producía terror. Arriba en el monte, el caserío Zarkoaga ardía por los cuatro costados y dentro la familia de Peio y él mismo que estaban a esa hora durmiendo plácidamente. Nadie acusó a nadie, pero todo el pueblo sabía que no había sido un fuego fortuito. A partir de ese día no volvieron a aparecer más restos en el entorno. Dos años después Ander Ibarrike adquirió en subasta los restos del caserío y la heredad por poco dinero, cumpliendo así el sueño de su miserable vida.






lunes, 12 de noviembre de 2018

Buscando en la memoria





Imagen de Kolari en la Red








Levantó la mano y me dijo: aquí tienes tu cielo estrellado. La pequeña cúpula de la iglesia estaba cuajada de estrellitas descoloridas pintadas en tonos azules quién sabe desde cuándo. La paredes de la capilla eran de color tierra, lisas, sin ningún adorno a todas luces innecesario, tan hermosa era toda ella sin más. Le miré con curiosidad, el brazo extendido, el dedo de su mano, cual Dios creando a Adán, señalando el techo. En ese momento tres palomas salieron volando no sé de dónde y desaparecieron de nuestra vista como si nunca hubieran estado allí, tan solo dejando el sonido de sus asustadas alas al agitarse en el aire.

Observé atentamente;  estabamos sentados en el banco de madera situado bajo el suelo del coro, recordé a mi abuela encendiendo una vela a la imagen de la virgen con el niño en brazos, pidiendo que el abuelo regresara pronto a casa. Pero qué tenía que ver este recuerdo con este lugar, que me indicara si no o tal vez sí, había estado antes allí. Al salir de nuevo fuera, la luz cegó mis ojos por un momento, tuve que cerrarlos y al abrirlos de nuevo vi a la gran cigüeña que, con las alas extendidas, volaba majestuosa para posarse en el nido, sobre el campanario.

— Ahora vayamos a la casa —me dijo Claudio tomándome del brazo sin apenas tocarme— quizá allí encuentres lo que andas buscando.

Salimos de la carretera y nos adentramos por un camino mal asfaltado hasta llegar a un humedal poblado de grandes cañas que se apartaban para dejar pasar el agua que se dirigía al lago, formando pequeños riachuelos dormitando al atardecer. La cabaña estaba en medio de un claro. Era muy grande. Un soportal de tejado muy inclinado nacía, no en la trasera o delantera de la casa sino en uno de los costados, procurando, seguramente frescura a la vivienda en verano. Miré atentamente, el lugar era un pequeño paraíso, ruidos provenientes de toda clase de animales e insectos sonaban aumentados por el silencio y la soledad que nos rodeaban.

Dimos la vuelta a la casa, a la izquierda de la puerta de entrada un banco adosado a la pared invitaba a descansar un momento. Hasta entonces no había allí nada que  me resultara familiar; me apliqué a absorber cada pequeño detalle, el brillo del agua de la que brotaban las cañas como sirenas retozonas, el sol que empezaba a ponerse en el horizonte, el aroma que desprendía la madera seca con que estaba edificada la cabaña. Me sentía bien, de pronto olvidé todas mis dudas: había heredado aquel lugar, era mío, siempre lo había buscado ¿Significaba esto que por eso tenía algo que ver con recuerdos olvidados en el fondo de mi subconsciente, o solo era la reacción natural a la belleza que  nos rodeaba? 

Claudio me acompañó, dos días después, al despacho del notario. Aún nada me había hecho recordar algo que me confirmara que yo había vivido allí un tiempo, en mi infancia. Y aunque algo me hubiera hecho recordar ¿qué podría hacer yo con aquel lugar ideal? Lo pensé mucho y tomé una decisión. Debía volver a casa, a diez mil kilómetros de distancia, donde me esperaba mi familia, mi hogar, mi trabajo y amigos. Eso era mi vida y deseaba seguir viviendola. 

Hay una preciosa escuela en la cabaña de mis ancestros, se llama 'Nido de cigüeñas' en ella estudian niños que necesitan atención especial. Estoy muy contenta.