viernes, 14 de julio de 2017

La Dama de Agua











(Tema: Luces en la oscuridad. Liliput)




La prensa dijo que Gerardo Boscoso había perdido la inspiración.

A lo lejos la isla y el faro. Sobre la mesa, bajo el ventanal, la vieja Olivetti. Esta vez tendría que acabar su novela; por eso estaba allí.

Aquel faro era automático y nadie vivía en él, parpadeaba en la oscuridad, solitario y a la intemperie. Una noche se encendieron y apagaron las luces de la vivienda, parecía una señal. Sin pensarlo subió a su barquito, tal vez fuera un naufrago.

Durante el día escribía febrilmente, al atardecer acudía a su misteriosa cita. Por el pueblo circularon rumores, nadie había vivido en el Faro desde hacía años. Cuando desapareció dijeron que se habría caído por el acantilado

La verdad se escondía en ‘La Dama de agua’ su novela póstuma.








Julio





Chiringuito Punta Cotolino







Las nubes se mueven despacio, son algodonosas y blancas, brillantes. Sentada en la silla del chiringuito, tomo un café con hielo y dejo que la brisa del mar me haga feliz.

Es pronto y apenas hay nadie.

El camarero es argentino, cuando pregunta qué vas a tomar, parece que te está invitando a bailar.

Pero yo miro las nubes, en este momento, para mí, mucho más interesantes. Al fondo, sobre los tejados de las casas más alejadas, se ha abierto un claro de un color azul límpido, transparente. Parece un lago, pienso. Un lago en el cielo. Mi perro corre por la hierba y entre las rocas, me da miedo, no quiero que se vaya a caer, pero está tan alegre que no deseo estropearle esa alegría.

No necesito nada más, pienso. También que no puedo tener más, que este momento es mágico y que lo que lo hace así no es nada más que mi deseo de que lo sea y mi atención puesta en las pequeñas cosas.



viernes, 23 de junio de 2017

De misterios y otras cosas












Mi amigo Marcelo me hablaba de su pueblo, escondido entre los montes y de sus habitantes, poco acostumbrados a especular sobre los misterios del mundo:

— Por eso, miraban asustados a Matilde, la partera — me dijo— porque cuando anochecía brillaba misteriosamente. No sabían explicarlo; aquella extraordinaria luz de diferentes colores la envolvía suavemente. Ella era pacífica y sencilla pero, todos aquellos comentarios la volvieron extraña, asustadiza. La maestra, que entendía de estas cosas, le dijo que la luz era su aura. Matilde no quería tener semejante cosa, así que fue al lavadero municipal y se metió en la pila. Se ahogó, o tal vez se heló, el caso es que murió. Cuando la encontraron la luz seguía rodeándola.



viernes, 9 de junio de 2017

¿Bailamos?









(Tema el Tango en Liliput)



Arnaldo, trazó la línea recta para separar su pelo negro engominado en dos partes iguales. Se ajustó el pantalón a la cintura y puso la flor artificial en la solapa de su chaqueta.

Arnaldo era profesor de baile, tenía las suelas desgastadas de bailar y le dolían los pies de los pisotones de sus alumnos. A él lo que le gustaba era el tango. Decían que estaba pasado de moda y que por eso tenía pocos aprendices.

Nadie bailaba el tango como él. Cuando Carlos Jesús llegó a la academia y Arnaldo notó, al tomarle de la cintura, que era flexible y se dejaba llevar bien, se dijo que iba a enseñarle y sería su pareja para siempre.



Así eran entonces las cosas













(Tema: La Oficina en Tintero Virtual)


La oficina estaba en un piso antiguo con muchos despachos llenos de vida. En ella entraban y salían señores trajeados, o humildes con la boina en la mano. Cristina los controlaba desde su mesa, tras la ventanilla que daba al hall, a la vez que tecleaba en su máquina de escribir, descolgaba el teléfono o administraba la caja en la que se guardaba el dinero menudo.

Se dedicaban a edificar casas, carreteras, puentes… Allí trabajaban aparejadores, delineantes, proyectistas, algún ingeniero de obras públicas, secretarias, administrativos, un apoderado y dos jefes supremos. Los viernes era día de pago así que muchos obreros de todas las especialidades iban a cobrar su jornal. Entraban apurados, daban las buenas tardes, ponían la huella o su firma en la cuenta y se iban.
A finales de mes pagaban la nómina general. Cristina manejaba, entonces, mucho dinero. Ponía en cada sobre la cantidad justa para que no hubiera reclamaciones. Mínguez, un peón que era analfabeto, abría el de su jornal allí mismo y lo contaba cuidadosamente. Trabajaba a destajo y sabía hasta el último céntimo lo que le correspondía cobrar cada semana y lo que debían darle por los puntos de sus diez hijos, que, muchas veces, era más que el sueldo. Si algo le parecía que no estaba bien, no se iba hasta dejarlo claro.

Algunas compañeras de Cristina se casaron y dejaron la empresa. De vez en cuando corría el rumor de algún romance entre alguien de los departamentos técnico y comercial. También ella se dejó acompañar por Daniel Retama, el último ayudante de obras públicas contratado por la gerencia, pero fue algo sin sustancia.

En Julio y diciembre se pagaba una gran nómina: jornales y sueldos, más pagas extraordinarias para todos en la oficina y las obras. Cristina llamaba al guarda de seguridad para que le acompañara al banco. El maletín se sujetaba a la muñeca de manera discreta y durante el camino de vuelta, Dorronsoro iba pegado a sus talones, mirando a un lado y a otro.  Alguno de aquellos días Cristina seguía dándole vueltas a los números, al debe y al haber y a lo que faltaba o sobraba, hasta mucho después de la hora de salida. El balance debía cuadrar, sí o sí, por lo que terminaba agotada.
Aquel año pensó que necesitaba un cambio de vida, descanso y sol y olvidarse del trabajo. Además Esteban, de Proyectos, le había pedido salir y tenía que pensarlo, si aceptaba, toda su vida cambiaría y eso le daba un poco de miedo.

Una máquina enorme, un monstruo lleno de teclas, metal y que, como pudo comprobar luego, hacía un ruido ensordecedor cada vez que se ponía en marcha, le esperaba a su regreso. Trabajaba con fichas que se perforaban según le ibas dando datos. Era imprescindible hacerlo con muchísimo cuidado si no querías confundirte y estropear el trabajo de todo el día: Un impresionante ordenador National.

La oficina se llenó de economistas y técnicos que sentaron a Cristina ante aquel artefacto y le dijeron que era fácil de manejar. Iba a ser un gran adelanto, todas las operaciones se simplificarían, toda la contabilidad se llevaría con esa máquina y todos iban a ser felices y comerían perdices. Aquel mes a ella se le pusieron las manos amarillas, también los brazos. El médico dijo que era a causa del estrés. Estuvo de baja unos días y cuando volvió, el apoderado había decidido que él se encargaría de lo más confidencial del trabajo. A ella le pareció estupendo y volvió a sus nóminas, teléfonos y certificaciones. Algunos en la oficina, comentaron que al hombre le había entrado miedo, pensando que se iba a quedar sin trabajo. Otros, añadieron con más resquemor, que era para que no se supiera lo de sus chanchullos.

Cristina acabó casándose con Esteban Herrero y como se hacía en aquellos tiempos… dejó la empresa.






sábado, 13 de mayo de 2017

Mala idea










 (Relato exprés en 'Unidos por los libros' Palabras obligadas: Primavera-pervertido-culo-soledad)

Por la ventana entraba la luz. Las hojas brillantes de un árbol daban sombra a la pared de enfrente. Era un bonito día de primavera, aunque él no podría disfrutarlo. Lo malo no era solo la vía penetrando en su vena, ni la máquina que contaba sus latidos, ni el frío desolado de la habitación del Hospital.

En la soledad de aquel recinto, donde entraban y salían desconocidos que le habían despojado de la poca dignidad que le quedaba, que le habían colocado aquel horrible blusón que dejaba sus vergüenzas al aire y que le movían sin miramiento, pretendiendo que estaban ayudándole, se había sumergido en un caos íntimo que ni siquiera trataba de superar. Le era indiferente lo que ellos pensaran, estaba seguro de que en su trabajo habrían visto cosas similares e incluso mucho peores.

Pero le jodía aquel enfermero que, cada vez que entraba, le miraba y se reía en su cara comentando:

— ¡Pero tío! ¿En qué estabas pensando? Eres un viciosillo pervertido. Jajaja ¿qué te había hecho el pobre animal? ¿No pensaste que podría no estar de acuerdo e iba a revolverse?

Se moría de rabia y de vergüenza. Cuando estuviera mejor le iba a dar a aquel gracioso hasta cansarse. Riéndose aún, el enfermero se puso los guantes de goma, tomó el pene con una mano y con la otra desprendió la cánula y levantó el vendaje.

— La verdad es que te ha dejado fuera de servicio durante un tiempo. Y da gracias, porque te ha dado tantos picotazos que podría habértelo partido por la mitad. ¿A quién se le ocurre dar por el culo a una oca?

Y se fue riéndose a carcajadas.

La cicatriz










 (Tema La barbería en Tintero Virtual - relato)


Los cristales sucios apenas dejaban pasar la luz. Había manchas en el techo de la habitación y las sábanas de la cama fueron blancas algún día; hoy eran de un color indefinible y estaban arrugadas.
Ramiro salió del baño desnudo. Su cuerpo era un saco de huesos, vello y piel marchita y en sus ojos había un punto de tristeza. Echó una ojeada a la cama, pensó que ya la haría y salió a la pequeña sala. Tenía pocos muebles: una butaca raída de aspecto confortable, una lámpara para leer, (adoraba la lectura, especialmente las novelas de terror), una mesa antigua, dos sillas y un armario pequeño con una televisión encendida: La bolsa se desploma, el Papa viaja a Polonia, el Madrid pierde 1-2 en el partido de ida, se busca al asesino de Mireia Lozano. Echó una ojeada y vio la fotografía de una joven sonriente.

Para empezar el día solía mirar si su vecina estaba cotilleando. Entonces se paseaba por la sala, con la ventana abierta a propósito, desnudo y dejando que su pene se balanceara, para escandalizarla y también, porque aquella tontería le ponía un poco cachondo.

Para su trabajo era preciso ser pulcro y oler bien. Viéndole salir a la calle de punta en blanco, nadie imaginaría que era un desastre en su casa. La barbería estaba tres calles más arriba. Tenía el suelo de florcitas amarillas mezcladas con otras azules y una pared totalmente forrada de espejos relucientes. Trataba a sus clientes con mucha prosopopeya. Cortaba el pelo a navaja, depilaba cejas y vellos en narices y orejas y de vez en cuando teñía las canas de algún presumido que desease parecer más joven.

La especialidad de la barbería de Ramiro, la que atraía a más clientes, era el rasurado de la barba. Este servicio cada vez se solicitaba menos, pero aún quedaban sibaritas que disfrutaban recostados en el sillón, con la cara envuelta en un paño templado, relajados y sin prisa. Aquel hombre le pareció extraño y además sucio. Traía una barba descuidada, de pelo crespo, rizado y pegajoso. El cabello largo, las cejas hirsutas. No había pisado una barbería en mucho tiempo.

Se sentó cómodamente en el asiento. Con voz ronca dijo: Completo y cerró los ojos dispuesto a dejarse hacer. Ramiro recortó el cabello y arregló la barba cuidadosamente, pues había observado que, bajo el pelo, asomaba una horrible cicatriz que atravesaba su mejilla. El cliente abrió los ojos, inyectados en sangre y bruscamente, le inmovilizó el brazo.

—Es suficiente, gracias, quiero la cicatriz cubierta.

Cuando salió del local, el barbero pudo sentir los fríos ojos de aquel hombre clavados en los suyos.
Una semana o dos después Ramiro lo había olvidado. Aquel día bajó la gradulux de la puerta de entrada, puso el cartel de cerrado y se dedicó a limpiar para irse pronto a casa. Estaba cansado. 

De espaldas a la puerta, frotaba las encimeras. Entonces vio a aquel hombre a su espalda, reflejado en el espejo. Pudo sentir su aliento cálido acariciándole la nuca. Le miraba fijamente. Extendió sus brazos como si fuera a abrazarle, tomó su cabeza con las dos manos y la volteó hasta que sonó un ¡crack! siniestro. Ramiro cayó al suelo con una mueca de sorpresa en el rostro.

Lo siento —dijo el asesino— pero no puedo arriesgarme a que hables más de la cuenta.

Y salió tranquilamente del local, perdiéndose en la noche.