lunes, 12 de noviembre de 2018

Buscando en la memoria





Imagen de Kolari en la Red








Levantó la mano y me dijo: aquí tienes tu cielo estrellado. La pequeña cúpula de la iglesia estaba cuajada de estrellitas descoloridas pintadas en tonos azules quién sabe desde cuándo. La paredes de la capilla eran de color tierra, lisas, sin ningún adorno a todas luces innecesario, tan hermosa era toda ella sin más. Le miré con curiosidad, el brazo extendido, el dedo de su mano, cual Dios creando a Adán, señalando el techo. En ese momento tres palomas salieron volando no sé de dónde y desaparecieron de nuestra vista como si nunca hubieran estado allí, tan solo dejando el sonido de sus asustadas alas al agitarse en el aire.

Observé atentamente;  estabamos sentados en el banco de madera situado bajo el suelo del coro, recordé a mi abuela encendiendo una vela a la imagen de la virgen con el niño en brazos, pidiendo que el abuelo regresara pronto a casa. Pero qué tenía que ver este recuerdo con este lugar, que me indicara si no o tal vez sí, había estado antes allí. Al salir de nuevo fuera, la luz cegó mis ojos por un momento, tuve que cerrarlos y al abrirlos de nuevo vi a la gran cigüeña que, con las alas extendidas, volaba majestuosa para posarse en el nido, sobre el campanario.

— Ahora vayamos a la casa —me dijo Claudio tomándome del brazo sin apenas tocarme— quizá allí encuentres lo que andas buscando.

Salimos de la carretera y nos adentramos por un camino mal asfaltado hasta llegar a un humedal poblado de grandes cañas que se apartaban para dejar pasar el agua que se dirigía al lago, formando pequeños riachuelos dormitando al atardecer. La cabaña estaba en medio de un claro. Era muy grande. Un soportal de tejado muy inclinado nacía, no en la trasera o delantera de la casa sino en uno de los costados, procurando, seguramente frescura a la vivienda en verano. Miré atentamente, el lugar era un pequeño paraíso, ruidos provenientes de toda clase de animales e insectos sonaban aumentados por el silencio y la soledad que nos rodeaban.

Dimos la vuelta a la casa, a la izquierda de la puerta de entrada un banco adosado a la pared invitaba a descansar un momento. Hasta entonces no había allí nada que  me resultara familiar; me apliqué a absorber cada pequeño detalle, el brillo del agua de la que brotaban las cañas como sirenas retozonas, el sol que empezaba a ponerse en el horizonte, el aroma que desprendía la madera seca con que estaba edificada la cabaña. Me sentía bien, de pronto olvidé todas mis dudas: había heredado aquel lugar, era mío, siempre lo había buscado ¿Significaba esto que por eso tenía algo que ver con recuerdos olvidados en el fondo de mi subconsciente, o solo era la reacción natural a la belleza que  nos rodeaba? 

Claudio me acompañó, dos días después, al despacho del notario. Aún nada me había hecho recordar algo que me confirmara que yo había vivido allí un tiempo, en mi infancia. Y aunque algo me hubiera hecho recordar ¿qué podría hacer yo con aquel lugar ideal? Lo pensé mucho y tomé una decisión. Debía volver a casa, a diez mil kilómetros de distancia, donde me esperaba mi familia, mi hogar, mi trabajo y amigos. Eso era mi vida y deseaba seguir viviendola. 

Hay una preciosa escuela en la cabaña de mis ancestros, se llama 'Nido de cigüeñas' en ella estudian niños que necesitan atención especial. Estoy muy contenta. 





domingo, 7 de octubre de 2018

Calendario




De la Red







¿Era ésta otra oportunidad o sólo sería una más de las historias que hacen que la vida parezca fácil? 

Ya había aprendido que en su agenda imaginaria los lunes, miércoles y viernes todo estaba ya hecho, o mejor que no había hecho nada y que su tiempo se había perdido, pasando tan rápidamente que apenas se había dado cuenta.

Los martes, jueves y sábados, sin embargo, su barco hinchaba las velas y surcaba el mar de la vida como una gaviota. Entonces todo volvía a ser posible. Esos días era capaz de sentir el sabor de unos labios o el tacto suave de unas manos o el asombro ante un paisaje plasmado sabiamente en un cuadro y emocionarse ante el sonido de una voz preocupada preguntando ¿cómo te encuentras? Se apoderaba de su yo interior una llama que la abrasaba e iluminaba completamente, y entonces, durante aquel corto espacio de tiempo, todo le parecía posible, lo que soñaba y lo que iba mucho más allá de sus sueños. 

Las calles desiertas en las mañanas frías, la bruma sobre las tranquilas aguas del río, la pálida luz del sol reflejada en los edificios, todo un mundo en movimiento, le proporcionaban la sensación de poder comérselo o de dejarlo, dependiendo del día de la semana. También la música abriendo espacios en la casa de los recuerdos, a veces dolorosamente. El amanecer en Las Calzadas subiendo los escalones de dos en dos y mirar atrás sorprendida por la belleza de la ciudad dormida, los tejados de colores y el brillo de las hojas de los árboles en la alameda. Allí nos despedíamos cada noche, pensaba, más allá estaba esperándome impaciente la rutina y era entonces, como si de pronto tañera una campana que algo impulsaba a la gente a salir de sus casas y caminar ligera hacia sus ocupaciones. 

Los números marcaban rojos en el calendario, pero aún era viernes y en ese día el mundo perdía brillo, en su corazón reinaba una extraña sensación de soledad que cada semana resultaba distinta y cada año se hacía más fuerte. No necesitaba verse en ningún espejo, conocía perfectamente cada pliegue de su cuerpo. Habían pasado los años y ya nada era posible, o lo que lo era nada tenía que ver con sus sueños.

Sin embargo el último jueves había visto un cuadro colgado en el Museo; contemplando las líneas perfectas, los delicados colores, volvió la maravillosa sensación del lienzo en blanco y los pinceles dispuestos. Tal vez debía volver a pintar. Sentada en el banco frente al grandioso cuadro 'Goya y la Corte Ilustrada' que pronto se iría de vuelta a Madrid, se buscó entre la gente sabiendo que no se encontraría. 

 Le gustaba sentarse en un banco de la pequeña capilla del colegio y a pesar de su incredulidad, allí siempre se había sentido bien. Ese día y como era martes creyó posible enamorarse de nuevo o de enamorar a alguien y que mereciera la pena. 

Estaba claro que sin los martes, jueves y sábados no podría vivir los lunes, miércoles y viernes. Unos días daban sentido a los otros pugnando por llegar a los domingos. 

Los domingos eran tan especiales, tan misteriosos y sorprendentes. Por la mañana acostumbraba mirarse al espejo, ese día sí, para reconocerse, recordarse como fue y saber quién era, qué sentiría, recordar lo que sintió, preguntarse si en ese día habría magia cada hora, cada minuto.  Salía de casa, sobre todo salía de sí misma y miraba atenta por si, casualmente, sucedía algo imprevisto. Podía ser que pasara ¿Por qué no? Precisamente fue un domingo cuando se abrió su corazón y quedó cegado por la luz de lo posible. También fue otro domingo cuando supo que casi siempre lo imposible y lo posible van de la mano.










sábado, 15 de septiembre de 2018

Todos somos otros
















Aquella fue la primera vez que alguien le habló del pecado o quizá fue cuando comprendió de qué le estaban hablando. El cura la miraba con cara seria y le decía que aquello no debía repetirse, aunque ella, la verdad, no estaba segura de entender nada.

Aquella fue, también, la primera noche que durmió lejos de la familia, en un lugar desconocido hasta entonces, rodeada de gente extraña y de niños que, como ella, lloraban amargamente sin tener cerca a una madre que les consolara.

Aquella fue la primera vez que hizo un nudo con sus sentimientos y aprendió a guardarlos para sí misma poniendo cara de póker. La monja sabía lo que el cura debiera haber mantenido en secreto, por fortuna era una mujer delicada y había sabido dulcificar el asunto. Por entonces comenzó a pensar en cosas que no entendía bien y que no compartía con nadie, se volvió orgullosa, no consentía que le dijeran lo qué tenía o no tenía que hacer. Alguien le dijo que era soberbia y se lo creyó, aunque, en realidad no sabía qué significaba serlo.

La bruma cubría el horizonte y las olas rozaban mansamente la arena de la playa desierta. Por el paseo un hombre corría seguido por su perro y otro preparaba los aparejos para pescar desde la orilla. No era de las que se dejaban llevar por la nostalgia y los recuerdos lejanos, pero aquel día, allí acodada en la valla que separa el arenal y el camino, le asaltaron imágenes que creía olvidadas porque toda su vida las había guardado bajo llave. Los grandes ventanales abiertos al mar, brillantes por el sol de madrugada y negros por las noches, llenos de sombras sospechosas. El ruido de la resaca en invierno azotando la orilla y el miedo por los sonidos nocturnos por los pasillos y salas del sanatorio. Los niños lloraban en la noche, algunas frases consoladoras de alguna de las auxiliares, conseguían devolverles la calma. Con el tiempo se habían acostumbrado a todo aquello y los pequeños no recordaban ya la vida que habían dejado atrás o quizá habían aprendido a defenderse gracias al olvido.

—Olivia Sebastián, baja a enfermería. Marta Regulez acude a recepción tienes visita... Esteban San Juan acude a reconocimiento al despacho del Dr. Del Río

La voz sonaba metálica por el altavoz, de entre el grupo de niños que jugaban bajo los soportales, porque un día más estaba lloviendo, salía uno apresurado camino del edificio central donde pasaban las cosas. Las madres abrazaban a sus hijos, trataban de decirles con pocas palabras y menos tiempo lo mucho que los querían y volvían a explicarles una vez más por qué era necesario que estuvieran allí. Había martes en que les extraían sangre, ellos no sabían nada de análisis ni para qué servía aquello, solo se daban cuenta de que dependiendo de la enfermera, les dolería más o menos la operación. Una vez al mes entraban de uno en uno en una gran sala donde, sentados en un estrado, había varios médicos vestidos con sus batas blancas y con caras muy serias. Les quitaban la ropa y la enfermera les ayudaba a tomar cual o tal postura y los galenos comentaban sesudamente sobre si notaban mejoría o había que cambiar el tratamiento. Un calor terrible subía desde su vientre hasta su rostro que enrojecía por la vergüenza que le producían aquellos ojos fijos en ella. 

También hubo momentos buenos. Las mañanas del verano, la playa vacía y limpia, toda para los niños que la recorrían como un rebaño de ovejas sueltas por el campo. Los botes en la salida de la bocana pescando txipirones y sus luces reflejándose en el agua oscura, las puestas de sol naranjas, los amaneceres transparentes. Los amiguitos, algunas cuidadoras, un médico joven que podía entender el desamparo de aquel tropel de niños alejados de sus casas, algunos llegados de otras provincias y que apenas recibían visitas. 

Como si el tiempo se hubiera detenido, el edificio seguía allí, enfrente del mar como si fuera un reto, su majestuosidad con los muros pintados de un blanco inmaculado, los ventanales de azul y preciosos azulejos decorativos pegados en las paredes, no había desaparecido, muy al contrario ahora era una dama adusta que ha pasado por el quirófano de un médico de cirugía plástica. En realidad ya nada era igual, desaparecieron los niños, ya no necesitan sanatorios porque la ciencia ha dispuesto otros métodos para curarlos. Ahora las enormes terrazas acogen a personas mayores, algunas muy mayores que, en sus camas con ruedas buscan fuerza nueva en la brisa marina, el calor del sol, los alimentos sanos y el cuidado de profesionales de alta cualificación.

Todos somos otros.






miércoles, 12 de septiembre de 2018

Las agujas del reloj












La sensación es tan real que me asusta. El tiempo, de pronto, se ha detenido. Cómo lo sé si siento el silencio y a la vez el ruido de los obreros desmontando el andamio en la casa de enfrente, o el de las grúas en movimiento en una de esas obras que transforman la ciudad en otra. Estoy aquí, sentada, consciente de todo esto pero sobre todo sabiendo que el tiempo se ha detenido, los sonidos también y no sé qué sentir si dicha o miedo. Qué ha cambiado o mejor dicho he cambiado yo, así de pronto, sin que aparentemente venga a cuento. 

Compruebo que las manecillas del reloj se deslizan en su sempiterno girar y girar, recorriendo ese camino sin fin que muestra cómo pasa el tiempo y sin embargo yo sé que este se ha detenido en ese preciso instante en que oigo pero no escucho, miro pero no veo. 

¿Es así como termina todo? de esta manera tan fugaz, tan libre para decidir si es ahora o será más adelante. Después de todo qué es el tiempo, esa sucesión de horas, minutos y segundos que pasan fugazmente sin que podamos hacer nada por detenerlos, que nos llevan con firmeza por el río de la vida sin poder descansar.

Soy yo quien desea parar el tiempo, pero él no me deja, quizá sea porque no pueda hacerlo.





miércoles, 22 de agosto de 2018

Tú, yo... nosotros, vosotros...












Hay dos clases de personas solas, las que se refugian en su soledad y las que buscan la cercanía de los otros, solitarios o no. 

Pepa preparó la bolsa y la sombrilla, recogió la silla y se fue a la playa. A aquella hora apenas unos cuantos paseaban por la orilla o leían el periódico protegiéndose con sus viseras, ella solía caminar una media hora, pero ese día no tenía ganas. Había amanecido con esa sensación de nostalgia que ya conocía y quería estar tranquila. 

Aunque tenía los ojos cerrados le oyó llegar, también abrir su silla y sacudir la toalla. Luego miró a través de las pestañas y le vio. Podría ir más lejos, pensó, hay sitio de sobra. Hizo como si no se diera cuenta; a través de los ojos entornados siguió los movimientos del hombre hasta que, por fin, acabó sentándose cómodamente y se dedicó a mirar el mar.
Estuvieron así más de media hora, luego él dijo:

— ¡Qué mañana tan preciosa! ¿No le parece?
— Sí —respondió Pepa— la verdad que sí

A esto siguió otra media hora de silencio y de miradas furtivas. El hombre tendría unos setenta y cinco años, o tal vez más. Estaba muy bronceado, así que le gustaba el sol, el pelo blanco algo rizado, las cejas gruesas y los ojos vivarachos. Le pareció que tenía aspecto de buena persona. Volvió a hablarle y ella le contestó cortésmente, fueron frases hechas, intrascendentes, como esas que suelen iniciar las conversaciones entre desconocidos.

Al día siguiente Pepa volvió a la playa como todos los días del verano, ocupó su sitio, el de siempre, pero esta vez miró alrededor a ver si él estaba por allí. Le vio acercarse desde las escaleras de acceso a aquella parte de la playa y colocar su silla en el mismo lugar que la víspera. Esta vez no esperaron tanto para saludarse y hacer comentarios sobre el tiempo y el dormir mal por culpa del calor. Una hora después una vecina de la urbanización de Pepa se aproximó a ellos y se sentó cerca. Tres días después ya eran cinco y a veces seis, agrupados como una organización de otoñales, charlando animadamente. 

En la otra punta de la playa, las cuadrillas de jóvenes hacían círculos sentados en la arena y se perseguían unos a otros hasta llegar al agua para darse un baño. De vez en cuando pasaban frente a aquel grupo de 'abueletes' y se reían con más cariño que burla.

—No te preocupes, hija —decía Pepa—estoy muy bien, hace muy buen tiempo y bajo todos los días a la playa. No, no me importa, así tengo toda la casa para mí, disfruta las vacaciones, anda, en realidad no estoy sola.

¿Qué dices mamá?
— No te preocupes, cuando vuelvas te lo contaré.