sábado, 23 de noviembre de 2013

16'30 Telenovela El regreso de Venancio de la Cruz y Diéguez





Santiago en prisión










El regreso de Venancio de la Cruz y Diéguez

 

¿Cuánto tiempo, cuántos días, cuántas horas y minutos habían transcurrido desde entonces? Sus manos temblaban y las venas, gruesas y azuladas, las cruzaban como arroyos de agua oscura. Sus ojos miraban, nublados y húmedos. Hasta la vieja tos, su compañera de años, había perdido su fuerza.

— Soy Venancio de la Cruz y Diéguez — sus palabras sonaban como un cántico, una letanía dicha en voz alta, a cada una de ellas agitaba los brazos al aire— tengo que recordar quién soy y por qué estoy aquí encerrado desde el 14 de mayo de 1864. Que no se me olvide, debo tener presente lo que hice y por qué lo hice. Sí, lo recuerdo claramente aunque hayan pasado tantos años. Y a pesar de este duro encierro sé que lo volvería a hacer si no estuviera ya hecho.

En cuclillas en un rincón de la celda trataba de defecar una vez más sin éxito. ¿Qué podía devolver al mundo si ni para sostenerlo en pie servía lo que podía comer?

— Me llamo Venancio de la Cruz y Diéguez, tengo treinta y cinco años, o eso creo y he matado a un hombre —rezaba en voz baja.

Miró de nuevo por el hueco que, en lo alto del muro, cumplía las funciones de ventana, por ella entraba un rayo mortecino de luz y una brisa que, al unirse a la pestilencia de la celda, escondía por completo los viejos aromas a tierra húmeda o hierba recién segada.

— Venancio de la Cruz y Diéguez, sí, ese soy yo —levantó la voz mirando al cielo—Estoy aquí porque maté a un hombre. ¿Cuánto tiempo hace? No lo recuerdo, no lo sé, pero han pasado muchos años. Mi cabeza es ahora una esfera pelada y fría en la que ya no tengo apenas pelo y lo poco que me queda se ha vuelto blanco y áspero. Soy un cadáver.


La casa de los de la Cruz y Diéguez ocupaba toda la esquina de la calle Real y el callejón al que llamaban de la porteña. Era una casa hermosa, llena de ventanas adornadas con geranios. Venancio era un joven prometedor que estudiaba para letrado y no tenía madre, ni hermanos pero sí un padre anciano y enfermo. Cuando cumplió veintiún años conoció a Elvira. Y veintitrés el día que lo detuvieron y lo llevaron a prisión acusado de asesinato. Así fue como perdió la libertad, su vida e ilusiones y a su amada.


Aquel joven que ahora se le aparecía a diario en sus sueños, había sido él. Él enamorado de la joven hija del amigo de su padre. Él viéndola a escondidas, para luego llevarla a su lado como un delicado regalo de la suerte. Elvira, que se le entregó sin reservas, apasionada y sin miedo. Sentado en aquella losa que lo mismo servía de lecho que de asiento, se miraba las uñas, largas y duras como garras. Aún la quería, no podía remediarlo, a pesar de todo lo sucedido y de que llevaba años esperándola. Soñaba con ella casi a diario, le hacía el amor o paseaban juntos por campos abiertos y soleados. Cuando despertaba de sus ensueños, sus ojos despedían brillos de locura. No tenía ni un minuto de reposo, se balanceaba de un lado a otro como si una energía misteriosa lo moviera. Había matado a aquel hombre, lo había hecho y aún después de tanto tiempo y tantos sufrimientos, no sentía ningún arrepentimiento. Estaba seguro de que se lo merecía porque era un canalla. Había engañado a Elvira, a ella y a toda su familia haciéndose pasar por un hombre honrado que luchaba por labrarse una posición como economista. Sedujo a los Bermúdez, les engañó con palabras, con visitas y atenciones para con Elvira y su madre y cuando consideró que era el momento oportuno, con apetitosas ofertas de negocios que reportarían magníficos beneficios a la economía familiar. Don Álvaro Bermúdez, padre de Elvira, era un hombre entrado en años, de aspecto cansado, acostumbrado a la buena vida, al que administrar su fortuna y propiedades aburría soberanamente. Por eso pronto delegó en Roberto Carlos sus obligaciones y aceptó sus consejos confiadamente.

Roberto Carlos de la Osa era ambicioso, así que había decidido conquistar a Elvira. Era guapa y simpática, no era tonta pero estaba acostumbrada a obedecer a su padre. Sería dócil y fácil de manejar, inexperta, si se casaba con ella podría controlar los bienes de la familia más fácilmente, sobre todo cuando falleciera Don Álvaro.

Venancio la miraba incrédulo. ¿Qué le estaba diciendo, que se iba a casar con otro?
— ¿Por qué? —le preguntó
— Porque tengo que hacerlo —fue la respuesta de ella sin mirarle a los ojos.
— Pero tú me amas, me lo has dicho y yo lo sé. Te has entregado a mí y yo te quiero.
 — Tengo que obedecer a mi padre. Y Roberto me quiere mucho.

A través de la puerta cerrada se escuchaban los lamentos de alguien que estaba sufriendo. Se tapó los oídos con las dos manos, no quería escuchar, no quería pensar en lo que le estaría sucediendo a aquel desgraciado. Sabía bien qué significaba aquello, otras veces le había tocado a él. ¿Quién iba a enterarse de lo que pasaba en aquel lugar, quién iba a preocuparse por ellos?

— Sí, yo lo hice, señor Juez. Le he matado. Se lo merecía. —dijo, no se defendió y no dio más explicaciones.
¿Cómo iba a contarle a nadie lo que había hecho aquel desgraciado? No podía, sería como matar a Elvira, todo el mundo hablaría de ello, sería tal el escándalo que ella no podría vivir con él, todo el mundo le volvería la espalda.

— Le esperé a la salida de su casa y le conminé a defenderse. No quiso el muy cobarde y entonces le maté. No me arrepiento. Condéneme porque lo merezco, señor Juez.

¡Doce años! doce debían de haber pasado más o menos, desde que entró en prisión. Doce años habría tenido su hijo si aquel desgraciado no lo hubiera matado a golpes en el vientre de su madre, cuando supo que lo esperaba y no era suyo.


Oyó cerrarse el portón a sus espaldas y se dispuso a mirar el mundo como si fuera la primera vez. Por fin estaba libre y ahora veía la luz sin levantar la cabeza al ventanuco. La ciudad había cambiado mucho, casi no la reconocía después de tanto tiempo encerrado. ¡Volvía a la vida! Pero no iba a ser fácil, tendría que reaprender a tomar decisiones por sí mismo.
Dejó pasar un tiempo prudente y de mientras arregló sus asuntos legales y puso en orden su casa.

Después preguntó por ella.

Como si fuera casual un día se encontraron. Estaba muy hermosa, había madurado y eso le sentaba bien. Para su sorpresa ella le miró con ojos vacíos, sin reconocerle. Apenas se detuvo un momento y luego siguió su camino.

— ¡Elvira, Elvira! Espera. Soy yo —la voz y todo su cuerpo le temblaban como una pluma

— ¿Pero quién eres tú? —preguntó enojada, mirándole indiferente

— Venancio de la Cruz, Elvira. He vuelto, he sobrevivido a la fría muerte en vida de aquella prisión.

— ¡Venancio! No te había reconocido. ¡Qué cambiado estás!

Había horror y rechazo en sus palabras. Y temor en sus ojos.

— ¡Por fin has salido de la cárcel! —le miraba desde la altura fría de la indiferencia— Me alegro por ti. Pero no vuelvas a molestarme. Ahora estoy casada, todo aquello ya se ha olvidado y no quiero que vuelvan a resurgir de nuevo los chismorreos. Lo pasé muy mal, pero tú no puedes comprenderlo.

— Nunca viniste a verme, Elvira, durante años estuve esperando creyendo que lo harías o quizá que recibiría alguna carta tuya. Decías que me amabas y yo te creí. Por ti le maté, porque te engañó, os engañó y os arruinó. Pero sobre todo por lo que te hizo y le hizo a nuestro hijo. Tú me lo pediste, lo hiciste sin palabras y yo te entendí.


El reflejo de la luz solar había cambiado de lugar las sombras. Volvió a acuclillarse sobre el cubo que servía de retrete. De nuevo volvía a dolerle el vientre y estaba inquieto porque deseaba evacuar y no podía. Ya conocía los síntomas. El piso que rodeaba aquel balde pestilente estaba resbaladizo y pegajoso. Ya no sentía el hedor, había aprendido a vivir con él. Se miró las manos. Las venillas azuladas parecían cuerdas arrugadas.
Ella le había despreciado, no quería volver a verle nunca, le había dicho airada. Era feliz con su marido, tenía un hijo y él era un estorbo, alguien difícil de explicar a las personas con las que se relacionaba ahora.

Sus manos temblaban, eran las mismas que se habían cerrado rodeando el cuello de Elvira, las que apretaron con fuerza hasta que fue consciente de que la estaba ahogando. Veía aún los ojos saltones de la mujer a la que tanto amaba, la piel de su rostro que pasaba del tono sonrosado al rojo y luego al morado. Escuchaba sus súplicas y luego los estertores de su garganta. Ya estaba, no volvería a molestarla, no podría mirarle de nuevo con aquella expresión de desprecio y repulsión, era una mala mujer y él un desgraciado. Ya no tendría que temerle, ni recordarle. Luego fue a la comisaría y se entregó. Había vuelto a la prisión, había regresado a casa. Miró hacia arriba y a través del ventanuco vio que fuera estaba lloviendo.