viernes, 24 de abril de 2015

La huída











   El camino vecinal se iluminaba y ensombrecía cuando la brisa movía las ramas de los árboles. Gonzalo conducía la furgoneta a buen ritmo, conocía de sobra aquella carretera estrecha y llena de baches, así que casi no necesitaba prestar atención, porque, además, por allí había poco tráfico. Seguramente fue por eso que no vio la bicicleta y al pasar, la tiró al suelo junto a la mujer que la montaba. Se fueron por el prado abajo durante unos instantes y al parar, la bici cayó sobre la joven y ambas quedaron quietas. Paró el coche y salió corriendo. Estaba asustado, esperaba no ser responsable de algo grave o irreparable.

   Carmela se sentía extraña en aquella casa, trataba de sofocar el miedo que sentía a estar sola. Se preguntaba si habría hecho bien huyendo sin despedirse de nadie. Estaba mirando al horizonte; la impresionaba el silencio, seguro que no había nadie en las cercanías. ¿Qué hacía allí? Se lo preguntó por décima vez. ¿Por qué había escogido aquella casa, precisamente, para alejarse de todo y de todos? Se volvió a mirarla, Tejas rojas en la cubierta, ventanas abiertas al paisaje y grandes macizos de flores en plena ebullición, marcando el camino de entrada. La casa de sus padres, el lugar donde había pasado la mayor parte de los veranos cuando era una cría. Sintió una punzada en el corazón. Enfrente otra casita, esta de piedra y pequeños ventanos con cristales en cuarterones: La casa de su abuela. Cuando la miraba no podía evitar que se le llenaran los ojos de lágrimas. ¡Cuánto la añoraba! ¿Por qué había ido a parar justo a este sitio y no a otro cualquiera? Para Jaime sería fácil encontrarla, pero quién le decía a ella que él la estuviera buscando. Y si lo hacía, ¿Pensaría acaso que iba a ir a aquella casa de tristes recuerdos?
   Cuando encontró en el garaje las viejas bicicletas de su infancia, la de ella y la de su hermana, de nuevo los recuerdos volvieron a agolparse. Sacó la suya al jardín y la limpió con un trapo viejo, luego se montó en ella y dio unas vueltas a ver si funcionaba, por último se lanzó a la carretera como hacían entonces, dando golpes con el manillar para ir de una cuneta a la otra, cuesta abajo, levantando los pies en el aire. Ni siquiera oyó el ruido del motor, de pronto sintió un golpe y rodó por el pasto hasta parar en un hueco del terreno. Luego el extraño la tomó en sus brazos y la subió de nuevo al camino, depositándola en el asiento del copiloto, en su furgoneta, antes de que pudiera decirle que podía caminar sola.

   — ¿Estás bien, te has hecho daño?

   Nervioso y preocupado escuchó a Carmela decirle que estaba bien.  Mientras él observaba sus piernas, sus brazos y su cabeza por si se había roto algo, ella se dedicó a mirarle con disimulo. No le había visto nunca, aunque, era normal porque hacía tiempo que no visitaba el pueblo; tenía la piel curtida y llevaba unas gafas pequeñas, de cristales muy transparentes y sin montura. Las sienes llenas de canas de pelo rebelde lo mismo que las cejas.

   — Sí, no te preocupes, ha sido solo un susto

   Entonces le tocó a él el turno de mirarla, lo que le hizo bajar los ojos azorada. ¡Sería tonta, ella que estaba acostumbrada a tratar con tanta gente! ¿Iba ahora a ponerse colorada?
  
   — No sabes que tranquilidad me da saber que estás bien. Soy Gonzalo Izarra, veterinario. Nunca te había visto por aquí. ¿Vives cerca?
 
    — Sí, en la finca Los Girasoles. Yo tampoco te conocía, pero es normal, no venía desde hace tiempo.

   — ¿Eres de la familia de los López Hidalga? Desde que murió la señora mayor esa casa siempre está cerrada.

   — Era mi abuela. Desde el suceso no hemos vuelto. En realidad la única que podría haberlo hecho soy yo, mis padres y mi hermana murieron hace tres años en un accidente de coche…Justo viniendo a esta casa.
— ¡Oh! Cuánto lo siento… Había oído hablar sobre ello, que cosa tan horrible ¿Puedo llevarte? Ponemos la bicicleta en la parrilla y te dejo allí. No, no es molestia. Me sabría mal que tuvieras que volver pedaleando, a lo mejor tienes algún golpe y en caliente no lo notas.
   Entraron en la casa, prepararon un té y se sentaron en el porche a tomarlo mirando el sol recorriendo el horizonte. Estaban a gusto.


   Así fue como tomaron la costumbre de encontrarse como por casualidad, él en su furgoneta vieja, ella en su bicicleta, que luego subían a la parrilla para volver juntos a tomar el té o una cerveza y conversar. Dejaban pasar las horas y los días sin atreverse a hablar de qué les estaba pasando. No necesitaban nada más, solo aquella deliciosa complicidad, aquella sensación de pertenencia.
Quizá fue por ello que, la tarde que Jaime apareció por el sendero, Carmela lo miró acercarse con indiferencia. Para su sorpresa no sintió ninguna emoción, ni aquella alegría que había pensado que la llenaría por completo. Todos los planes, todo lo que había pensado que iba a decirle, todo lo que creyó que sucedería. Siempre había sabido que él volvería, pensaba que le pediría perdón, le haría muchas promesas que tal vez no sería capaz de cumplir y ella se echaría en sus brazos, tratando de olvidarlo todo.

Cuando Jaime se fue, Carmela salió a dar su paseo diario. Quería pensar, necesitaba analizar lo que había pasado, lo que había sentido. No precisó de mucho tiempo. Todos sus miedos, sus dudas, habían desaparecido. Movió el manillar de una cuneta a la otra y luego levantó los pies en alto dando un grito que, en el silencio de la tarde, asustó a los pájaros y se perdió entre los árboles.


2 comentarios:

victoria dijo...

Me encanta leerte porque al final todas esas dudas y miedos desaparecen despues de lo pasado

Gracias por compartir
Besitos mi niña

RosaGp dijo...

Gracias Victoria me alegra que te guste, que os guste lo que escribo, porque eso me anima a seguir haciéndolo.

Gracias a tí, un besote.