sábado, 27 de junio de 2015

París, la boheme


NetWriters -  Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “París en los locos años veinte”








      La bruma cubría el Sena aquella mañana. Bertille se detuvo un momento para observarlo y continuo su camino. Tenía que llegar a la hora si no quería que volvieran a llamarle la atención. Era duro dejar cada mañana al niño en manos de madame Beaulieu, sobre todo cuando había tenido una de sus noches malas.

     Las calles aún estaban desiertas. Sombras presurosas tomaban un café au lait en algún bar abierto y marchaban a su trabajo. Los camareros organizaban las mesas y las sillas de las terrazas, equipados con un delantal granate que les cubría totalmente las piernas. Hacía frío. Bertille cruzó el puente y se dirigió hacia Saint Germain des Pres, envolviéndose con fuerza en la gran toquilla que la cubría entera. Era espigada; su pelo largo y negro, enmarcando unos ojos brillantes que parecían siempre asustados. Trabajaba en el Café de Flore, de camarera. Este estaba en una esquina, la terraza siempre llena de clientes, algunos turistas elegantes y la mayor parte bohemios, pintores, escritores, que se reunían allí para hablar de sus cosas y poder estar calientes, cuando llegaba el invierno.

     No hacía mucho tiempo, a Bertille le gustaba escucharles. Eran alegres y desenfadados, la mayoría no tenía buen aspecto, ella diría que no comían caliente todos los días, pero se reían y comprometían a las chicas. A ella también. Entre ellos había uno especialmente ruidoso, hablaba continuamente de viajes, de guerras, de mujeres a las que había conquistado, su risa se perdía por los rincones del Flore, escandalosa, llena de vida. Comía poco, como sus compañeros y bebía mucho. Se las arreglaba con zalamerías para que Bertille le sirviera algunas copas de más que no pensaba pagarle. Algunos días llegaba pronto y sacaba la libreta de lomos azules, los lapiceros y el sacapuntas y escribía febrilmente; ella ya sabía que ese día acabaría comportándose de manera imposible. Aquel hombre era inteligente pero, para su sorpresa, a la vez supersticioso; un día le confío un secreto: siempre llevaba en un bolsillo una pata de conejo y una castaña de Indias, porque pensaba que le traían suerte. Decían de él que quería ser escritor, que estaba casado, y que cuando bebía podía acostarse con todas las mujeres que se le pusieran delante.

     Una noche Bertille lo encontró en la calle, apenas podía sostenerse en pie. Pareció alegrarse cuando la vio. La agarró por los hombros y le pidió que le llevara a un hotel, porque no quería volver a casa en aquellas condiciones.
Fueron al Hotel Ritz. ¿Tienes dinero? le preguntó sorprendida

— No te preocupes, el Kansas City Stark acaba de pagarme

     En la habitación, le quitó la ropa, le metió en la ducha y luego en la cama… y se quedó con él. Sucedió de manera natural. Parecía un niño pequeño que no quería estar solo. Fue la primera noche y después vinieron otras. No hacían el amor, sino otra cosa, era como si desahogara toda la rabia que llevara dentro. Eran momentos salvajes en los que ella no estaba segura de dónde estaba él, ni con quién. Algunas veces lloraba de pronto, entonces ella lo tomaba en sus brazos y lo mecía, como se hace con los niños. En otras ocasiones se aferraba a ella y la amaba despacio, entre risas, con verdadera alegría. Ella le dejaba hacer, aquél hombre la asustaba y a la vez la atraía. Nunca había conocido a otro igual.
   
     Por el día, en el Flore, reía con sus amigos. Discutían sobre si habría guerra o no. Como si lo sucedido en la noche no hubiera pasado nunca. Ni siquiera la miraba, solo la hablaba para pedirle una copa. Aquel era su secreto. Un día desapareció. Se había ido a la guerra, le dijeron, cuando preguntó por él. Mucho más tarde supo que había publicado un libro, que se había hecho famoso y que pronto volvería a Paris. No se preguntó siquiera si la habría olvidado, sabía que sí, desde el primer momento.
Por eso nunca le diría que tenía un hijo, y este ignoraría que su padre era aquel escritor del que todo el mundo hablaba, pero que seguía pareciendo tan infeliz.



2 comentarios:

Antonio Aragues dijo...

Me gusta mucho, Rosa. Está muy bien.

RayTan dijo...

Cada día me gustan más tus relatos.