domingo, 27 de diciembre de 2015

Años felices...




(Tema: La montaña)









Aquella noche hablábamos de la montaña, de grandes paseos por los bosques, de pequeñas escaladas y me atrapó la nostalgia. Siempre me han gustado los montes; procedo de un lugar donde abundan; los hay fáciles de recorrer y otros que trepan hacia arriba, que son grandes picos, pelados y rocosos.
No hay placer más grande que salir de casa con la mochila a la espalda y unas buenas botas, buscar los senderos entre los árboles y caminar sintiendo en la cara el fresco de la mañana, con los cinco sentidos puestos en lo que pasa a nuestro alrededor. Porque, aunque el monte parezca solitario, suceden cosas en él que, si no te fijas bien, ni las ves, ni las notas. Laska, mi perriplás, lo aprendió pronto. Era joven y curiosa. En una de nuestras excursiones decidió investigar por su cuenta aquella línea parda que se movía, bajando de un árbol, intentando cruzar el camino. Estaba alucinada, metía el hocico para deshacer aquella procesión blanda, peluda y tan suave. Decidió probarla, parecía rica. No nos dimos cuenta hasta que su lengua comenzó a hincharse. Perdió una parte de ella, el veterinario consiguió salvarla y ella aprendió la lección.

Vivíamos cerca del mar, parte de nuestras vacaciones las pasábamos en la playa, pero quisimos conocer otros lugares, montañas y gentes y comenzamos a ir quince días al Pirineo. El hotel Español, en Broto, era nuestra casa, desde allí podíamos recorrer aquella parte de la montaña. Hicimos muchas de las rutas que llevan a lugares espectaculares, pero decidimos que lo que más nos gustaba era recorrer Ordesa y el Bujaruelo. Esto sucedía en los años 80-90 del siglo pasado. Aunque había mucha gente, la pradera aún estaba abierta sin horarios y se podía aparcar sin problemas. Muchos montañeros hacíamos la ruta hacia la Cola de Caballo, otros, los valientes, seguían hacia Monte Perdido, o trepaban por la Senda de los Cazadores o hacia la brecha de Rolando. A la tarde, ya de vuelta, con las piernas aún temblorosas por la caminata, nos tumbábamos en la orilla del río, a la sombra de algún árbol. Yo miraba el azul puro del cielo y escuchaba el murmullo del agua rompiendo en pequeñas cascadas entre las grandes piedras del cauce. Nos sentíamos felices. A veces, cierro los ojos y me traslado allí fácilmente.

Un invierno llovió mucho, nevó e hizo un tiempo horrible. Luego supimos que esto produjo torrenteras en los montes que desplazaron los viejos caminos o desaparecieron directamente. Aquel año nuestra meta era una montaña poco frecuentada, el inicio estaba sobre la mitad de Cotefablo. Dejamos los coches cerca de una cabaña que debía servir de refugio. Las piedras se deslizaban peligrosamente cuando las pisábamos. Había torrenteras marcadas en la tierra que nos desviaban del camino. De pronto me sentí muy cansada, me volví, miré hacia abajo y me dio un ataque de pánico. Habíamos caminado en perpendicular, de cara a la pared de la montaña y habíamos ascendido bastante. La casita y los coches eran un punto allí abajo, un mar de piedras planas como pizarras aguardaban para nuestra bajada. Me quedé clavada en el sitio y empecé a temblar. No quería seguir subiendo, quería quedarme allí para siempre. Pensé que iba a estropear el día a todos los demás y dije que se fueran que podía esperarles allí.

Cristina vino a salvarme ‘Yo me quedo contigo’ Insistí para que no lo hiciera. ‘No, si yo también estoy muerta de miedo’ me dijo. Finalmente, pusimos nuestras posaderas en el suelo y arrastrando piedras tras nosotras, conseguimos llegar abajo. Cuando se nos pasó el susto, decidimos esperar tomando el sol.

Unos años después un médico de Broto me dijo, tras sentir un ligero malestar que me llevó a visitarle, que era mejor que no subiera por las alturas, que no me convenía. Tenía razón.






3 comentarios:

RayTan dijo...

¡Que bien lo describes! Haces que sienta envidia de no haber estado allí.

RosaGp dijo...

Gracias Ricardo, creo que no debes sentir envidia ninguna, porque cerca tienes montañas maravillosas que, estoy segura que en algún momento habrás recorrido.

Un abrazo

Pedro Incio dijo...

Un saludo y feliz año
Pedro Incio